Volverá a suceder…(De la vida real)

Volverá a suceder (1)

VOLVERÁ A SUCEDER

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Me parece recordar el estruendo de los cuerpos, que cayendo estrellados contra los techos, o abiertos como flores holladas por el dolor, iban a dar contra el pavimento. Fue un infierno, dijeron entre lágrimas los que contemplaron el horror en aquella mañana lúgubre que cambió norteamérica y el mundo para siempre.

Cuerpos que se lanzaron al vacío por el afán de huir de las llamas, fuego devorador que calcinaba hasta los huesos. ¿Quién podría olvidar lo que sucedió aquel infausto 11 de Setiembre?

Mientras yo viva no se irán de mi memoria aquellos seres humanos lanzándose de los pisos más altos. Y el temor aún persiste. No será hoy, quizás tampoco mañana, pero algo dantesco algún día volverá a repetirse.

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De mi poemario

“Jardines de antaño”

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Derechos reservados

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Yo también fui inmigrante…(De la vida real)

Yo también fui inmigrante

YO TAMBIÉN FUI INMIGRANTE

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Mi amado esposo partió a Venezuela en el año 1,978…en los tiempos en que la economía de esa nación estaba en auge. Vivíamos tiempos difíciles en mi patria, y es por esa razón que yo también tramité mi visa junto a mis pequeños hijos varones, y emigramos ocho meses después hacia Venezuela a reencontrarnos con mi esposo.

Él había conseguido un buen trabajo después de pasar por muchas dificultades, e incluso por la enfermedad del dengue, (que casi lo mata). Mi esposo laboraba como ingeniero metalúrgico en la Represa de Guri. Recuerdo que al llegar al aeropuerto Simón Bolívar, me llamaron a una oficina para revisar la visa de mi pasaporte y constatar si ésta era legal. Sufrí mucho en esa espera, ya que los agentes de la aduana practicamente me auscultaban con lupa. Finalmente me dejaron libre y pude correr hacia los brazos de mi esposo, que ya nos esperaba ansioso.

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Pasamos muchas peripecias, a mi marido lo mordió una serpiente y tuvo la valentía de estrangularla con sus manos, y conduciendo su camioneta con una mano, y en la otra llevando a la serpiente ya muerta, llegó a tiempo a la posta médica, donde los doctores identificaron la especie de culebra que lo había mordido, y le pusieron el antídoto que salvó su vida.

Fueron tres años de lucha, de soportar el calor espantoso de Ciudad Bolivar, y a veces a personas hostiles, que no miraban bien al extranjero. Pero todo lo superamos, y en 1,982 ya estábamos de regreso en nuestro país, y con los ahorros de mi esposo pudimos comprarnos la soñada casa propia.

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Desde entonces admiro mucho a mi marido, es un trabajador incansable, que muchas veces trabajó bajo un sol ardiente de 45 grados centígrados, solamente para poder lograr nuestros sueños. Hoy sin embargo vemos el reverso de la moneda, y son miles de venezolanos que han llegado a mi país, necesitados de trabajo, algunos separados de sus seres queridos, y cada vez que me encuentro con ellos los trato con agrado, pues me recuerda que en otros tiempos los emigrantes fuimos nosotros.

Cool Text - Ingrid Zetterberg 325383622287867

(Relato de la vida real)

De mi poemario:

“Poemas de terciopelo”

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Derechos reservados

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El ataúd blanco…(Prosa)

 

El ataúd blanco (1)

EL ATAÚD BLANCO
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¡Qué triste aquel sol que cubría la tarde!  El viento iba despacio,
secando algunas lágrimas, y un murmullo de pasos lentos me llegó
desde lejos.  Eran siluetas de luto, llevando un ataúd blanco. Una
niña rubia había muerto, en Diciembre y de mañana.
Avanzaban en silencio, y se detuvieron en el parque. “El parque de
los pinos”, donde agitara sus trenzas en un alegre y bullicioso
corretear.  Pero estaba ya muy quieta, y se habían callado para 
siempre las preguntas de su boca. 
Jugando con el revólver de su padre, y sus cuatro años inocentes, 
de pronto la sorprendió la muerte. Su breve vida se esfumó en el 
sol del mediodía, cual burbuja de jabón delicada y transparente.
Estaba tendido el ataúd en el césped; habían muchos niños, mucha
gente alrededor,…y de pronto se distinguió entre todas, una figura
femenina, toda vestida de blanco. Tenía los ojos en inalcanzable 
distancia. Parecía haber gastado todas sus lágrimas. 
-“Es la madre.”- se escuchó murmurar.
Tenía algo de digno su semblante, en aquella triste serenidad que 
Dios le daba a cambio; (quien ha sufrido tanto, tiene algo de grande),
era como si estuviera rodeada de una luz gloriosa, como si se le 
hubiera ensanchado el alma.
Y yo nunca he podido olvidar a esa madre. Aún ahora, después de
tanto tiempo, al pasar por su puerta, siento vivo el terrible peso de 
su tristeza. Y yo me he visto a mi misma, llorando en esos ojos de 
madre.
Habían subido el pequeño ataúd a la carroza blanca; el sol 
declinaba ya, y la pobre mujer se encaminó al auto, pero ¡cuánto
dolor arrastraba en su andar!  Con los brazos vacíos, sin su ángel
querido, se fue camino del cementerio, con un sufrimiento 
inexplicable en su mirada.  Mirada de madre que no he podido 
olvidar, porque me sigue lastimando.

 
Esto sucedió en la vida real hace mucho tiempo
a solo dos cuadras de la casa donde yo vivía.
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