Al milenario de América

 

Al milenario de América

AL MILENARIO DE AMÉRICA

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Oh árbol milenario,

sublime amigo,

abatido por décadas

de vientos y lluvias.

♥♥♥♥♥♥♥

Soledad estoica

es el escudo de tu silencio,

que abarca tus raíces

aferradas al vientre

de la tierra madre,

y trepa sutilmente

hasta besar tus ramas.

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Cientos de años

fueron mudando tus hojas;

verdes de veranos santos

y pródigos en luz;

quemadas y pardas

por el aliento del otoño.

♥♥♥♥♥♥♥

¡Cuánta sombra generosa

derramaste

a miles de peregrinos

que descansaron

bajo tu abrazo amante!

♥♥♥♥♥♥♥

¡Oh árbol milenario

regado por las lágrimas

del tiempo,

hoy en tu vejez

yaces olvidado!

♥♥♥♥♥♥♥

Fuiste inspiración de poetas,

y tu frondosa copa

destiló versos al aire.

Susurro mañanero

de tus ramas en la brisa

fue compañía de los caminantes.

♥♥♥♥♥♥♥

Aroma de humedad silvestre

despiden tus vetas amargas

después de dos mil años

de ser sombra y abrigo.

♥♥♥♥♥♥♥

Oh árbol añejo,

ya nadie pasa

por el camino polvoriento,

donde tú agonizas solo y vencido.

♥♥♥♥♥♥♥

Ya tus ramas grises

se tambalean en el viento,

donde las aves del cielo

no han vuelto a tejer sus nidos.

♥♥♥♥♥♥♥

A ti elevo mis respetos

Oh ilustre caballero,

príncipe de campo abierto,

a ti, que en soledad te mueres,

oh árbol que amaste en silencio.

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Dedicado al árbol más ancho del planeta. Es el ahuehuete o ciprés mexicano,una especie originaria de América del norte. Su tronco puede alcanzar diámetros inmensos, y suelen vivir 2,000 años de edad.

♥♥♥♥♥♥♥

De mi Libro«Por los bosques del silencio»

Derechos reservados

Safe Creative Cta. 1006080193112

Luz entre las sombras

 

Luz entre las sombras

LUZ ENTRE LAS SOMBRAS

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Es un reo de rostro sombrío, que ostenta un cigarrillo entre los dedos nerviosos; su boca apretada y hermética deja escapar a veces una blasfemia. Dos guardias se acercan a él, y le dicen algo a través de los barrotes, uno de ellos sostiene un grueso llavero, luego se oye el acostumbrado chirrido de la reja.   Un momento después, lo llevan esposado para escuchar su sentencia. Ya en el tribunal, se deja caer en una silla, abatido. De lejos, unos ojos consumidos de angustia, lo miran. Empieza el alegato entre abogados y los llamados testigos. Y al cabo de una hora se deja sentir un pasmoso silencio, que interrumpe de pronto la voz del fiscal, calmada y trágica. Entonces el presidiario palidece, se queda fijo, estático, por un momento que no parece tener final. Luego se escuchan unos sollozos. Hay en la sala una anciana, con el rostro oculto entre las manos agrietadas, ya cansadas de unirse en la plegaria.

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Después un alboroto de voces, y el acusado recobra de nuevo su aspecto duro, hosco; sabe que se acabó toda esperanza, y sólo su anciana madre como única luz entre las sombras, se abre paso llorando entre la gente, y temblorosa se acerca para besarlo.

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De mi poemario

«Jardines de antaño»

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